“La última casa a la izquierda”
Evitable e inhabitable
* (Una)
Director: Dennis Iliadis.
Intérpretes: Garret Dillahunt, Michael Bowen, Monica Potter.
Duración: 100 minutos.
Nacionalidad: EE.UU., 2009.
Género: Terror.
Durante el siglo pasado, Wes Craven se ganó reputación de farero mayor indicando el camino a seguir por el género de terror década a década. Mayormente gracias a “Scream” y “Pesadilla en Elm Street”, aunque su primera baliza la colocó en 1972 con “La última casa a la izquierda”, precedente del aún coleante “gore rústico”, que hizo la gracieta cinéfila de retorcerle el gaznate al cuello de cisne de “El manantial de la doncella” de Bergman. Casi cuarenta añazos después llega su remake, producido por el avispado Craven y dirigido por el griego Dennis Iliadis, que demuestra desenvolverse mejor en el terreno publicitario que en el trágico de sus ilustres antepasados.
La excusa argumental (las vejaciones a dos adolescentes por parte de unos vándalos a los que les llegará su “San Martín” al recalar en la residencia de los padres de una de las chicas) vuelve a ser precisamente eso, una excusa para presentar un catálogo torpe y grueso de morbo malsano (ni gota de la comicidad estilo “2000 maníacos” del original), apología de la venganza y escenas de insoportable crudeza (la violación es casi peor que la de “Irreversible”). Sólo Haneke puede jugar a ser Haneke. Desaconsejable, aunque ésta también sea una palabra bastante odiosa.
“Delta”
El Danubio gris
** (dos)
Director: Kornél Mundruczó.
Intérpretes: Félix Lajkó, Orsolya Tóth.
Duración: 95 minutos.
Nacionalidad: Hungría, 2008.
Género: Drama.
Exceptuando ciertas películas que se ven con una sola mano, el cine húngaro llega con cuentagotas a nuestras pantallas, y no es por su anquilosamiento, como demostró la salvaje “Taxidermia” hace un par de años. Ahora le toca el turno a una de sus jóvenes promesas, ya consagrado gracias al vuelo festivalero de sus dos anteriores largometrajes, “Pleasant days” y “Johanna”. La historia orbita alrededor de la pantanosa relación entre dos hermanos en las orillas de un Danubio donde no abundan precisamente los valses.
De estética pobretona y feísta, granulado ético y estético y un casi nulo esfuerzo interpretativo de unos actores que parece que pasaban por ahí, “Delta” es un filme de un exacerbado naturalismo que sólo derrochando buena voluntad consigue encandilar. Apenas contiene argumento o asidero, únicamente la descripción de las miserables vidas del dúo protagonista, un chungo “fatum” previsible y una puntita de polémica, aunque más que incesto parece extraña abulia. En fin, como sentarse en un sillón de cuero justo después de una hora de sauna.
jueves 2 de julio de 2009
jueves 25 de junio de 2009
"TRANSFORMERS 2" Y "TRES DÍAS CON LA FAMILIA". 26 DE JUNIO DE 2009
“Transformers: La venganza de los caídos”
Un soplete, por caridad
* (Una)
Director: Michael Bay.
Intérpretes: Shia Labeouf, Megan Fox, John Turturro.
Duración: 150 minutos.
Nacionalidad: EE.UU., 2009.
Género: Acción.
Aquellos que destrozamos el entarimado del salón con aquellos locos juguetes que pasaban de robot con hombreras a camión de la basura tan ricamente, e incluso que guardamos como oro en paño el álbum de cromos de “Mazinger Zeta” de editorial Fhler completito (bueno, menos el número 89 de Balanger M2), tuvimos cierta curiosidad por saber cómo Spielberg, “the Productator”, haría evolucionar a los Transformers como sólo él sabe hacer estas cosas. Recordemos, encima, que Orson Welles puso la voz a Unicron en su versión japo-ochentera. Así, hace un par de años saciamos nuestro ansia con una espectacular versión que mantenía el interés más o menos un cuarto de hora. Una faena, porque la película duraba 145 minutos. Malas noticias: ésta dura 150.
Verbigracia, dos horazas y media revolviendo en la caja de herramientas del abuelo, sumidos en una fatiga ferretera en la que, muy al fondo, agoniza un remedo de argumento consistente en impedir que Megatrón y los Decepticons (no es un grupo de la movida madrileña) se carguen el sol desde su cuartelillo general egipcio. Pocas veces se había visto un (millonario) despropósito semejante en pantalla: las abigarradas batallas donde no hay quien distinga al héroe del villano, el pobre John Turturro refugiándose de la lluvia de piedras provocada por un cacharro desgranando una pirámide como si fuese una mazorca de maíz (¡y dejando al descubierto unos cimientos lisitos!), los pantalones blancos de “Megan-perraca” Fox inmaculados entre tanto escombro, las escenitas románticas con música guasona... Todo ello, rebozado en un indigesto “más difícil todavía” típico de Michael Bay. Sólo se salvan los pellizcos cómicos, aunque para eso ya está el VHS de “Cortocircuito” o “Los gremlins”. Además, si con darse un paseo por la Puerta del Sol, entre tuneladoras y “tragabolas”, ya nos topamos con más chatarra que aquí. En fin que, por una vez, estamos de acuerdo con Roger Ebert: esta película “apesta”. Cariñosamente, se entiende.
“Tres días con la familia”
Auténtico “home cinema”
*** (tres)
Directora: Mar Coll.
Intérpretes: Eduard Fernández, Ramón Fontserè, Francesc Orella.
Nacionalidad: España, 2009.
Duración: 85 minutos.
Género: Drama.
Tal vez dentro de unos años se claven películas sobre familias que compran ordenadamente en el híper, ríen estoicamente los chistes de los cuñados o juegan al pinacle sin cartas marcadas. Pero, hoy por hoy, lo que se lleva son los clanes mal avenidos, peor encontrados y con más espinas que un rodaballo. Moda, además, felizmente globalizada: ahora mismo podemos disfrutar de variaciones francesas, turcas, japonesas o coppolianas (don Francis es un país en sí mismo). Faltaba la española, y hoy aterriza tras deslumbrar en Málaga.
Tirando del hilo contemplativo de la crema cinéfila catalana, desde Cesc Gay a Rosales, la trama se aglutina en torno al velatorio del patriarca de una tribu “de posibles”, con ramificaciones que alcanzan a sus cuatro hijos. Mar Coll marca tiempos y silencios de su lenta catarsis con mano firme, haciéndonos degustar detalles (la caricia que quema, la soberbia que deja helado) y, sobre todo, tratándonos con respeto e inteligencia. Unos actores, e incluso actrices, enormes (desde Eduard Fernández al chaval clavado al “fuertecito” de “Supersalidos”) redondean la complicidad contagiosa de un gran aspirante a “rookie” del año en una temporada donde el cine español necesita sangre fresca como sea.
Un soplete, por caridad
* (Una)
Director: Michael Bay.
Intérpretes: Shia Labeouf, Megan Fox, John Turturro.
Duración: 150 minutos.
Nacionalidad: EE.UU., 2009.
Género: Acción.
Aquellos que destrozamos el entarimado del salón con aquellos locos juguetes que pasaban de robot con hombreras a camión de la basura tan ricamente, e incluso que guardamos como oro en paño el álbum de cromos de “Mazinger Zeta” de editorial Fhler completito (bueno, menos el número 89 de Balanger M2), tuvimos cierta curiosidad por saber cómo Spielberg, “the Productator”, haría evolucionar a los Transformers como sólo él sabe hacer estas cosas. Recordemos, encima, que Orson Welles puso la voz a Unicron en su versión japo-ochentera. Así, hace un par de años saciamos nuestro ansia con una espectacular versión que mantenía el interés más o menos un cuarto de hora. Una faena, porque la película duraba 145 minutos. Malas noticias: ésta dura 150.
Verbigracia, dos horazas y media revolviendo en la caja de herramientas del abuelo, sumidos en una fatiga ferretera en la que, muy al fondo, agoniza un remedo de argumento consistente en impedir que Megatrón y los Decepticons (no es un grupo de la movida madrileña) se carguen el sol desde su cuartelillo general egipcio. Pocas veces se había visto un (millonario) despropósito semejante en pantalla: las abigarradas batallas donde no hay quien distinga al héroe del villano, el pobre John Turturro refugiándose de la lluvia de piedras provocada por un cacharro desgranando una pirámide como si fuese una mazorca de maíz (¡y dejando al descubierto unos cimientos lisitos!), los pantalones blancos de “Megan-perraca” Fox inmaculados entre tanto escombro, las escenitas románticas con música guasona... Todo ello, rebozado en un indigesto “más difícil todavía” típico de Michael Bay. Sólo se salvan los pellizcos cómicos, aunque para eso ya está el VHS de “Cortocircuito” o “Los gremlins”. Además, si con darse un paseo por la Puerta del Sol, entre tuneladoras y “tragabolas”, ya nos topamos con más chatarra que aquí. En fin que, por una vez, estamos de acuerdo con Roger Ebert: esta película “apesta”. Cariñosamente, se entiende.
“Tres días con la familia”
Auténtico “home cinema”
*** (tres)
Directora: Mar Coll.
Intérpretes: Eduard Fernández, Ramón Fontserè, Francesc Orella.
Nacionalidad: España, 2009.
Duración: 85 minutos.
Género: Drama.
Tal vez dentro de unos años se claven películas sobre familias que compran ordenadamente en el híper, ríen estoicamente los chistes de los cuñados o juegan al pinacle sin cartas marcadas. Pero, hoy por hoy, lo que se lleva son los clanes mal avenidos, peor encontrados y con más espinas que un rodaballo. Moda, además, felizmente globalizada: ahora mismo podemos disfrutar de variaciones francesas, turcas, japonesas o coppolianas (don Francis es un país en sí mismo). Faltaba la española, y hoy aterriza tras deslumbrar en Málaga.
Tirando del hilo contemplativo de la crema cinéfila catalana, desde Cesc Gay a Rosales, la trama se aglutina en torno al velatorio del patriarca de una tribu “de posibles”, con ramificaciones que alcanzan a sus cuatro hijos. Mar Coll marca tiempos y silencios de su lenta catarsis con mano firme, haciéndonos degustar detalles (la caricia que quema, la soberbia que deja helado) y, sobre todo, tratándonos con respeto e inteligencia. Unos actores, e incluso actrices, enormes (desde Eduard Fernández al chaval clavado al “fuertecito” de “Supersalidos”) redondean la complicidad contagiosa de un gran aspirante a “rookie” del año en una temporada donde el cine español necesita sangre fresca como sea.
viernes 19 de junio de 2009
CENTENARIO ERROL FLYNN: 20 DE JUNIO 2009
LA LEYENDA DEL SANTO VIVIDOR
Entradilla: Incluso a alguien como Errol Flynn le llega su centenario. Y, para celebrarlo, los cinéfilos, aventureros, espadachines y buscadores de perlas y chismes pueden bucear en su célebre autobiografía, editada por T&B
Resulta difícil de imaginar, incluso parece un derroche “contra natura”, pero tal día como hoy Errol Leslie Thomson Flynn, uno de los mayores calaveras, tarambanas, buscavidas y vividores del siglo XX hubiera cumplido cien años. Por supuesto, los dioses no se pasaron de generosos y sólo le concedieron recorrer la mitad del camino. Y no fue mal regalo, pese a todo: no muchos pueden presumir de cinco décadas tan bien aprovechadas como este contrabandista, esclavista, marino, politoxicómano, espadachín, mujeriego, pendenciero... ah, y actor de algunas de las joyas más imperecederas y frescachonas del Séptimo Arte, aunque en sus memorias casi de lo que menos se hable es de cine.
Una autobiografía que, muy oportunamente, rescata T&B bajo el ajustado título de “Aventuras de un vividor”, aunque el original fue más esclarecedor: “My wicked, wicked ways” (algo así como “Mis perversos, perversos caminos”, menos lírico que la traducción francesa “Mis cuatrocientos golpes”). Antes que nada, un poco de contexto histórico: a finales de los años 50, después de varias “muertes” y resurrecciones, Flynn estaba un poco harto de su sambenito escandaloso y de las milongas que contaban revistas de chismes como “Confidential”, incluyendo romances con Ava Gardner y Maureen O'Hara y orgías privadas en mansiones de magnates o a bordo de yates bestiales (que tire la primera piedra quien no haya escuchado la más conocida, alrededor de las habilidades del actor como pianista sin manos y de pie, cuestión anatómica a la que igual se refiere irónicamente en la dedicatoria del libro: “A tu menuda presencia”). Así que, como otros astros de Hollywood Babilonia, cogió el toro por los cuernos, se arrodilló en el confesionario y contó su propia peripecia en primera persona y con uno de los estilos más desenfadados y “freewheelin” que se recuerdan en el gremio. Aunque también amargo y desencantado con un picadero de estrellas y vivero de envidias, tal y como se deduce de sus alucinantes reflexiones metafísico-festivas desde la proa de su barco “Zaca”, bello durmiente en Mallorca, dentro del último capítulo del libro, titulado significativamente “?????”.
Por suerte para el lector, los anteriores capítulos sí que están bautizados, y de qué manera: “El diablo de Tasmania”, “El cocodrilo y la espada”, “Siete mares a Inglaterra”... Estocadas literarias donde Flynn habla a las claras de su infancia en Tasmania bajo la alargada sombra de su erudito padre y las peleas con su “dominanta” madre, de sus más celebradas y peligrosas aventuras en Nueva Guinea y de sus primeras conquistas con aborígenes de busto marfileño. Cuando Jack Warner le echó el guante y encumbró en papeles de galán acrobático a la manera de un Jackie Chan de sangre azul (“El capitán Blood”, “Robin de los bosques”, “Murieron con las botas puestas”...) sus “travesuras” siguieron al alza: se le dio por muerto en la Guerra Civil española, se le involucró en un par de violaciones, fue perseguido por acreedores de medio mundo y se acuñó en su honor un eslógan, “lo in es Flynn”, que resumía su rol social, entre depredador y mascota. Leyendo su autobiografía, bien podría sustituirse por “Gentleman Flynn” (parafraseando las dieciséis cuerdas de su película preferida), ya que calla más que habla. Tanto de sí mismo como de sus amigos peligrosos como John Barrymore o sus colegas de profesión (sólo era enemigo de los maridos celosos, ya que con Clark Gable y Bette Davis hizo las paces, o lo intentó, y sobre Orson Welles pensaba que era “una especie de termas o balneario”).
Tampoco se extendió mucho en sus turbulentos matrimonios o en sus veladas con Fidel Castro o con Howard Hughes ya que, al final, sabía su destino: “Mis hijos están con sus madres en Estados Unidos y yo estoy solo, salvo por mis cuatro perros, cachorros de Jamaica; (...). Ahora puedo ser relativamente feliz, tengo la mar como hermana, como hermano, como padre y como madre (...). Asoma el segundo medio siglo pero yo no siento que la noche se avecine”, escribía como coda-epílogo unos meses antes de morir de sobredosis de vida por culpa de un fallo cardíaco en octubre del 59. Al menos, los amigos no le fallaron en su último viaje, ya que se dice que incluyeron media docena de botellas de whisky en su tumba. Una pena, todo el mundo sabía que su elixir preferido era el vodka. Bueno, la intención es lo que cuenta, ¿no?
Entradilla: Incluso a alguien como Errol Flynn le llega su centenario. Y, para celebrarlo, los cinéfilos, aventureros, espadachines y buscadores de perlas y chismes pueden bucear en su célebre autobiografía, editada por T&B
Resulta difícil de imaginar, incluso parece un derroche “contra natura”, pero tal día como hoy Errol Leslie Thomson Flynn, uno de los mayores calaveras, tarambanas, buscavidas y vividores del siglo XX hubiera cumplido cien años. Por supuesto, los dioses no se pasaron de generosos y sólo le concedieron recorrer la mitad del camino. Y no fue mal regalo, pese a todo: no muchos pueden presumir de cinco décadas tan bien aprovechadas como este contrabandista, esclavista, marino, politoxicómano, espadachín, mujeriego, pendenciero... ah, y actor de algunas de las joyas más imperecederas y frescachonas del Séptimo Arte, aunque en sus memorias casi de lo que menos se hable es de cine.
Una autobiografía que, muy oportunamente, rescata T&B bajo el ajustado título de “Aventuras de un vividor”, aunque el original fue más esclarecedor: “My wicked, wicked ways” (algo así como “Mis perversos, perversos caminos”, menos lírico que la traducción francesa “Mis cuatrocientos golpes”). Antes que nada, un poco de contexto histórico: a finales de los años 50, después de varias “muertes” y resurrecciones, Flynn estaba un poco harto de su sambenito escandaloso y de las milongas que contaban revistas de chismes como “Confidential”, incluyendo romances con Ava Gardner y Maureen O'Hara y orgías privadas en mansiones de magnates o a bordo de yates bestiales (que tire la primera piedra quien no haya escuchado la más conocida, alrededor de las habilidades del actor como pianista sin manos y de pie, cuestión anatómica a la que igual se refiere irónicamente en la dedicatoria del libro: “A tu menuda presencia”). Así que, como otros astros de Hollywood Babilonia, cogió el toro por los cuernos, se arrodilló en el confesionario y contó su propia peripecia en primera persona y con uno de los estilos más desenfadados y “freewheelin” que se recuerdan en el gremio. Aunque también amargo y desencantado con un picadero de estrellas y vivero de envidias, tal y como se deduce de sus alucinantes reflexiones metafísico-festivas desde la proa de su barco “Zaca”, bello durmiente en Mallorca, dentro del último capítulo del libro, titulado significativamente “?????”.
Por suerte para el lector, los anteriores capítulos sí que están bautizados, y de qué manera: “El diablo de Tasmania”, “El cocodrilo y la espada”, “Siete mares a Inglaterra”... Estocadas literarias donde Flynn habla a las claras de su infancia en Tasmania bajo la alargada sombra de su erudito padre y las peleas con su “dominanta” madre, de sus más celebradas y peligrosas aventuras en Nueva Guinea y de sus primeras conquistas con aborígenes de busto marfileño. Cuando Jack Warner le echó el guante y encumbró en papeles de galán acrobático a la manera de un Jackie Chan de sangre azul (“El capitán Blood”, “Robin de los bosques”, “Murieron con las botas puestas”...) sus “travesuras” siguieron al alza: se le dio por muerto en la Guerra Civil española, se le involucró en un par de violaciones, fue perseguido por acreedores de medio mundo y se acuñó en su honor un eslógan, “lo in es Flynn”, que resumía su rol social, entre depredador y mascota. Leyendo su autobiografía, bien podría sustituirse por “Gentleman Flynn” (parafraseando las dieciséis cuerdas de su película preferida), ya que calla más que habla. Tanto de sí mismo como de sus amigos peligrosos como John Barrymore o sus colegas de profesión (sólo era enemigo de los maridos celosos, ya que con Clark Gable y Bette Davis hizo las paces, o lo intentó, y sobre Orson Welles pensaba que era “una especie de termas o balneario”).
Tampoco se extendió mucho en sus turbulentos matrimonios o en sus veladas con Fidel Castro o con Howard Hughes ya que, al final, sabía su destino: “Mis hijos están con sus madres en Estados Unidos y yo estoy solo, salvo por mis cuatro perros, cachorros de Jamaica; (...). Ahora puedo ser relativamente feliz, tengo la mar como hermana, como hermano, como padre y como madre (...). Asoma el segundo medio siglo pero yo no siento que la noche se avecine”, escribía como coda-epílogo unos meses antes de morir de sobredosis de vida por culpa de un fallo cardíaco en octubre del 59. Al menos, los amigos no le fallaron en su último viaje, ya que se dice que incluyeron media docena de botellas de whisky en su tumba. Una pena, todo el mundo sabía que su elixir preferido era el vodka. Bueno, la intención es lo que cuenta, ¿no?
jueves 18 de junio de 2009
"EJECUTIVA EN APUROS" Y "CHER AMI": 19 DE JUNIO DE 2009
“Cher Ami”
** (Dos)
Palomo cojo
Director: Miquel Pujol.
Intérpretes: Dibujos animados.
Nacionalidad: España, 2009.
Duración: 85 minutos.
Género: Comedia.
El cine español también se apunta al festín animado, aunque es de esperar que el gran solomillo lo sirva en noviembre con “Planet 51”. Mientras tanto, hoy toca entremés en forma de pajaritos fritos con esta modesta pero honrada película que, albricias, ni está niquelada por algún superordenador de Silicon Valley ni requiere uso de gafotas 3D a lo Abdul-Jabbar. “Dibu” limpio y cristalino de toda la vida, vamos. Hecha esta concesión a la nostalgia, nos encontramos con la última producción de otro minifundio del género, regido por Miquel Pujol (“10+2: El gran secreto”) y que venera la tradición Disney, desde “Dumbo” a “Robin Hood”. Algo que se nota en la factura de este largo basado en el caso real de un palomo que, en la Primera Guerra Mundial, salvó el cuello a un batallón encallado en la línea enemiga.
Un argumento que puede parecer la precuela de “Valiant”, otra producción animada y emplumada y, como aquí, con ratón zascandil de por medio. Lástima que un guión no demasiado elaborado, con gags que incluso dan apuro al involucrar gallinas y huevos, un escaso componente histórico (tampoco hacía falta abusar) y unos números musicales que ya parecían superados, enturbien una correcta producción destinada a los más pequeños de la casa y que contiene momentos de calidad, tanto en las escenas bélicas con el Halcón Rojo como en las domésticas con la tropa colombófila y el caballo estilo Maurice Chevalier. Le deseamos un buen vuelo (también) en DVD.
“Ejecutiva en apuros”
** (Dos)
Sorbete de tapioca
Director: Renée Zellweger, Harry Connick Jr., J.K. Simmons.
Duración: 97 minutos.
Nacionalidad: EE.UU., 2009.
Género: Comedia.
Alguien decía que Renée Zellweger es una actriz con doble registro interpretativo: engorda y adelgaza. Un presunto estigma que no le ha impedido proezas como ganar un Oscar o dar una rueda de prensa en el Ritz pastoreando chicle “bazoka”. Ahora toca su versión enjuta “prima donna” en el salto a Hollywood del danés Jonas Elmer quien, como si estuviese en un lago helado de un dedo de espesor, deposita su historia como de puntillas para evitar que se resquebraje el invento y el permiso de residencia. Porque a “Ejecutiva en apuros” se le puede acusar de muchas cosas excepto de original: su trazo más o menos grueso recorre la línea que va de “Doctor en Alaska” a “Bienvenidos al norte” sin tambaleos ni pasos en falso.
Todo está cronometrado y telegrafiado en la peripecia de una supermujer de negocios de Miami trasladada a la gélida Minnesota para una “liposucción laboral” (el hallazgo no es propio) y que, claro, se irá encariñando con los hoscos lugareños y hasta enamoriscando del más bravo y “neanderthalesco”. Así, la Zellweger reivindica la comedia romántica estándar disfrazándose de Carol Burnett pero con estreñido gesto de Fary comiendo un limón. Desde luego, los chistes sobre novatadas cerveceras y pezones como escarpias no molestan, al menos hasta que se pronuncia la palabra “tapioca” por centésima vez. Entonces, sólo resta entornar los ojos y disfrutar del tropical aire acondicionado de la sala.
** (Dos)
Palomo cojo
Director: Miquel Pujol.
Intérpretes: Dibujos animados.
Nacionalidad: España, 2009.
Duración: 85 minutos.
Género: Comedia.
El cine español también se apunta al festín animado, aunque es de esperar que el gran solomillo lo sirva en noviembre con “Planet 51”. Mientras tanto, hoy toca entremés en forma de pajaritos fritos con esta modesta pero honrada película que, albricias, ni está niquelada por algún superordenador de Silicon Valley ni requiere uso de gafotas 3D a lo Abdul-Jabbar. “Dibu” limpio y cristalino de toda la vida, vamos. Hecha esta concesión a la nostalgia, nos encontramos con la última producción de otro minifundio del género, regido por Miquel Pujol (“10+2: El gran secreto”) y que venera la tradición Disney, desde “Dumbo” a “Robin Hood”. Algo que se nota en la factura de este largo basado en el caso real de un palomo que, en la Primera Guerra Mundial, salvó el cuello a un batallón encallado en la línea enemiga.
Un argumento que puede parecer la precuela de “Valiant”, otra producción animada y emplumada y, como aquí, con ratón zascandil de por medio. Lástima que un guión no demasiado elaborado, con gags que incluso dan apuro al involucrar gallinas y huevos, un escaso componente histórico (tampoco hacía falta abusar) y unos números musicales que ya parecían superados, enturbien una correcta producción destinada a los más pequeños de la casa y que contiene momentos de calidad, tanto en las escenas bélicas con el Halcón Rojo como en las domésticas con la tropa colombófila y el caballo estilo Maurice Chevalier. Le deseamos un buen vuelo (también) en DVD.
“Ejecutiva en apuros”
** (Dos)
Sorbete de tapioca
Director: Renée Zellweger, Harry Connick Jr., J.K. Simmons.
Duración: 97 minutos.
Nacionalidad: EE.UU., 2009.
Género: Comedia.
Alguien decía que Renée Zellweger es una actriz con doble registro interpretativo: engorda y adelgaza. Un presunto estigma que no le ha impedido proezas como ganar un Oscar o dar una rueda de prensa en el Ritz pastoreando chicle “bazoka”. Ahora toca su versión enjuta “prima donna” en el salto a Hollywood del danés Jonas Elmer quien, como si estuviese en un lago helado de un dedo de espesor, deposita su historia como de puntillas para evitar que se resquebraje el invento y el permiso de residencia. Porque a “Ejecutiva en apuros” se le puede acusar de muchas cosas excepto de original: su trazo más o menos grueso recorre la línea que va de “Doctor en Alaska” a “Bienvenidos al norte” sin tambaleos ni pasos en falso.
Todo está cronometrado y telegrafiado en la peripecia de una supermujer de negocios de Miami trasladada a la gélida Minnesota para una “liposucción laboral” (el hallazgo no es propio) y que, claro, se irá encariñando con los hoscos lugareños y hasta enamoriscando del más bravo y “neanderthalesco”. Así, la Zellweger reivindica la comedia romántica estándar disfrazándose de Carol Burnett pero con estreñido gesto de Fary comiendo un limón. Desde luego, los chistes sobre novatadas cerveceras y pezones como escarpias no molestan, al menos hasta que se pronuncia la palabra “tapioca” por centésima vez. Entonces, sólo resta entornar los ojos y disfrutar del tropical aire acondicionado de la sala.
viernes 12 de junio de 2009
"GANGS OF NEW YORK": 14 DE JUNIO DE 2009
PERROS RABIOSOS CALLEJEROS
Entradilla: El domingo que viene, ABC regala «Gangs of New York», una de las películas más épicas y personales de Martin Scorsese y la primera que rodó junto a Leonardo DiCaprio
Cuenta la crónica de color negro hollín que, a mediados del siglo XIX, cuando en el auténtico lado «far west» de Estados Unido imperaba la ley del más fuerte, en el callejero dinamitero de Nueva York imperaba la del más bestia. Y para monopolizar tal honor había auténtica competencia, concentrada sobre todo en el cruce de la muerte de Five Points, barriada a cuyo lado los actuales Harlem o Bronx parecerían distritos del país de Pin y Pon. Pocas bromas con un territorio comanche donde campaban bandas salvajes por doquier, surgidas a la sombra de los pioneros Dead Rabbits y revolucionadas con el éxodo provocado por la Gran Hambruna Irlandesa en 1845. «Desde mi más tierna infancia en el Bajo Manhattan he escuchado las historias del Viejo Nueva York. Cada día, mientras exploraba las calles del vecindario, descubría poco a poco vestigios de ese extraordinario y relativamente desconocido período de la historia de nuestra ciudad y nuestro país. La década de 1860 está plagada de historias increíbles que tienen como protagonista a la clase trabajadora; sobre las oleadas de inmigrantes que se hacinaban en las atestadas calles y pasajes; sobre los políticos corruptos hasta la médula; y también leyendas sobre el mundo del hampa, siempre luchando por controlarlo todo. Son historias alrededor de la forja de América y todo por lo que este joven país tuvo que pasar. Y estas historias son nuestras raíces». Así habló Scorsese cuando, por fin, pudo culminar uno de sus más antiguos sueños: hacer que de su cámara brotasen cinco dedos como látigos (Mulberry, Worth, Cross, Orange y Little Water, las cinco calles fronterizas de Five Points), cerrar la mano y, con el puño resultante, golpear al espectador en plena quijada. Y es que, allá por 1978, antes de «Toro salvaje» y mucho antes de «Uno de los nuestros», el cineasta se obsesionó con los relatos que Herbert Asbury escribió en 1928 sobre las tribus urbanas neoyorquinas y sus extraños pobladores, capaces de referirse a las prostitutas como «las que contemplan las estrellas» o como «trozos de carne de cordero apaleada», según. Incluso tenía protagonistas para su proyecto: nada menos que la banda de punk inglesa The Clash, en una pirueta que recuerda a aquella idea de «El Señor de los Anillos» protagonizada por los Beatles. Cuando en 1980 la luz ámbar estaba a punto de cambiar a verde, el crack de «La puerta del cielo», de Cimino, hizo que la industria se cerrase en banda con los dramas épicos e históricos, así que el guión tuvo que dormir el sueño de los justos hasta que las vacas gordas del Hollywood de principios de siglo XXI abrieran las esclusas y las cajas fuertes, ya que la película acabó con un presupuesto de cien millones de dólares (sólo recaudó setenta y cinco en taquilla) y una duración de cuatro horas, lógicamente podadas hasta los 167 minutos del metraje final. Se le veía con ganas al bueno de Marty.A él y al resto de su «manada», empezando por un Daniel Day-Lewis que llevaba un lustro retirado del cine y que, inspirándose con música de Enimem, acuñó a un escalofriante Bill «El carnicero» Cutting, «capo» de Five Points y verdugo de otro forajido de leyenda, Priest Vallon, cuyo hijo Amsterdam regresa al barrio para ajustar cuentas sibilinamente. Y aquí llegamos a otro punto clave del filme: Leonardo DiCaprio, futuro actor fetiche de Scorsese, cuya carrera entró en una nueva dimensión a partir de este personaje. Por cierto, uno de los nombres barajados por el cineasta neoyorquino para su versión setentera fue Malcolm McDowell, evidenciando las similitudes entre «Gangs of New York» y «La naranja mecánica», aunque para otros se trate más bien de una precuela de «Los amos de la noche» de Walter Hill narrada en gaélico por un Charles Dickens con chistera de piel de liebre. Cameron Díaz como ladronzuela tiñosa completaba un triángulo de acero que culminó con diez nominaciones al Oscar, aunque finalmente no se llevó ninguna estatuilla al agua (era el año de «Chicago», «El pianista», «Las horas», «Las Dos Torres»...). Pese a todos sus excesos, hematomas y mutilaciones, queda para los anales y anaqueles un impactante fresco histórico preñado de cinefilia (quizá por su rodaje en Cinecittà) y típicamente scorsesiano. De hecho, alguno asegura vislumbrar, entre la maraña de extras, a Travis Bickle en su taxi-carruaje «apatrullando» la ciudad y sus perros.
Entradilla: El domingo que viene, ABC regala «Gangs of New York», una de las películas más épicas y personales de Martin Scorsese y la primera que rodó junto a Leonardo DiCaprio
Cuenta la crónica de color negro hollín que, a mediados del siglo XIX, cuando en el auténtico lado «far west» de Estados Unido imperaba la ley del más fuerte, en el callejero dinamitero de Nueva York imperaba la del más bestia. Y para monopolizar tal honor había auténtica competencia, concentrada sobre todo en el cruce de la muerte de Five Points, barriada a cuyo lado los actuales Harlem o Bronx parecerían distritos del país de Pin y Pon. Pocas bromas con un territorio comanche donde campaban bandas salvajes por doquier, surgidas a la sombra de los pioneros Dead Rabbits y revolucionadas con el éxodo provocado por la Gran Hambruna Irlandesa en 1845. «Desde mi más tierna infancia en el Bajo Manhattan he escuchado las historias del Viejo Nueva York. Cada día, mientras exploraba las calles del vecindario, descubría poco a poco vestigios de ese extraordinario y relativamente desconocido período de la historia de nuestra ciudad y nuestro país. La década de 1860 está plagada de historias increíbles que tienen como protagonista a la clase trabajadora; sobre las oleadas de inmigrantes que se hacinaban en las atestadas calles y pasajes; sobre los políticos corruptos hasta la médula; y también leyendas sobre el mundo del hampa, siempre luchando por controlarlo todo. Son historias alrededor de la forja de América y todo por lo que este joven país tuvo que pasar. Y estas historias son nuestras raíces». Así habló Scorsese cuando, por fin, pudo culminar uno de sus más antiguos sueños: hacer que de su cámara brotasen cinco dedos como látigos (Mulberry, Worth, Cross, Orange y Little Water, las cinco calles fronterizas de Five Points), cerrar la mano y, con el puño resultante, golpear al espectador en plena quijada. Y es que, allá por 1978, antes de «Toro salvaje» y mucho antes de «Uno de los nuestros», el cineasta se obsesionó con los relatos que Herbert Asbury escribió en 1928 sobre las tribus urbanas neoyorquinas y sus extraños pobladores, capaces de referirse a las prostitutas como «las que contemplan las estrellas» o como «trozos de carne de cordero apaleada», según. Incluso tenía protagonistas para su proyecto: nada menos que la banda de punk inglesa The Clash, en una pirueta que recuerda a aquella idea de «El Señor de los Anillos» protagonizada por los Beatles. Cuando en 1980 la luz ámbar estaba a punto de cambiar a verde, el crack de «La puerta del cielo», de Cimino, hizo que la industria se cerrase en banda con los dramas épicos e históricos, así que el guión tuvo que dormir el sueño de los justos hasta que las vacas gordas del Hollywood de principios de siglo XXI abrieran las esclusas y las cajas fuertes, ya que la película acabó con un presupuesto de cien millones de dólares (sólo recaudó setenta y cinco en taquilla) y una duración de cuatro horas, lógicamente podadas hasta los 167 minutos del metraje final. Se le veía con ganas al bueno de Marty.A él y al resto de su «manada», empezando por un Daniel Day-Lewis que llevaba un lustro retirado del cine y que, inspirándose con música de Enimem, acuñó a un escalofriante Bill «El carnicero» Cutting, «capo» de Five Points y verdugo de otro forajido de leyenda, Priest Vallon, cuyo hijo Amsterdam regresa al barrio para ajustar cuentas sibilinamente. Y aquí llegamos a otro punto clave del filme: Leonardo DiCaprio, futuro actor fetiche de Scorsese, cuya carrera entró en una nueva dimensión a partir de este personaje. Por cierto, uno de los nombres barajados por el cineasta neoyorquino para su versión setentera fue Malcolm McDowell, evidenciando las similitudes entre «Gangs of New York» y «La naranja mecánica», aunque para otros se trate más bien de una precuela de «Los amos de la noche» de Walter Hill narrada en gaélico por un Charles Dickens con chistera de piel de liebre. Cameron Díaz como ladronzuela tiñosa completaba un triángulo de acero que culminó con diez nominaciones al Oscar, aunque finalmente no se llevó ninguna estatuilla al agua (era el año de «Chicago», «El pianista», «Las horas», «Las Dos Torres»...). Pese a todos sus excesos, hematomas y mutilaciones, queda para los anales y anaqueles un impactante fresco histórico preñado de cinefilia (quizá por su rodaje en Cinecittà) y típicamente scorsesiano. De hecho, alguno asegura vislumbrar, entre la maraña de extras, a Travis Bickle en su taxi-carruaje «apatrullando» la ciudad y sus perros.
miércoles 10 de junio de 2009
"TE QUIERO, TÍO": 12 DE JUNIO DE 2009
“Te quiero, tío”
** (dos)
Amiguito del alma
Director: John Hamburg.
Intérpretes: Paul Rudd, Jason Segel, Rashida Jones.
Duración: 105 minutos.
Nacionalidad: EE.UU., 2009.
Género: Comedia.
Cierta última comedia romántica yanqui se parece cada vez más a una penitenciaría o a un colegio de los de “raza e imperio”: los chicos con los chicos y las chicas con las chicas, ni juntos ni revueltos, sino felices, vigilantes y quizá retadores. Al menos, el género ha subido su edad mental de cuatro a siete años respecto a los años 90. Así, en una esquina tenemos piezas “chick flick” orientadas a mujeres, desesperadas o no y, en la otra, el “bromántico” típicamente masculino, que no precisamente viril.
Y en este garito se enjaula “Te quiero, tío”, un filme con un argumento que, de puro tontaina y absurdo (línea “Novia por contrato”), acaba por hacer gracia. Ojo al dato: un pardillo a punto de pasar por el altar (Paul Rudd y su eterna pinta de pringadete aseado) intenta echarse un amigote íntimo “padrinable” (Jason Segel en plan cavernícola domesticado) para no quedar en ridículo ante su hipersociable prometida. Una historia, como vemos, de lo más transgresora, aliñada por chistes de masturbaciones en la mesa familiar o mails de sexo geriátrico circulando por la ofi. La caña “hawksiana”, vamos. Aunque la auténtica clave radica en la réplica imaginaria al título del filme: “Yo también te aprecio, tronco. Firmado: Judd Apatow”.
** (dos)
Amiguito del alma
Director: John Hamburg.
Intérpretes: Paul Rudd, Jason Segel, Rashida Jones.
Duración: 105 minutos.
Nacionalidad: EE.UU., 2009.
Género: Comedia.
Cierta última comedia romántica yanqui se parece cada vez más a una penitenciaría o a un colegio de los de “raza e imperio”: los chicos con los chicos y las chicas con las chicas, ni juntos ni revueltos, sino felices, vigilantes y quizá retadores. Al menos, el género ha subido su edad mental de cuatro a siete años respecto a los años 90. Así, en una esquina tenemos piezas “chick flick” orientadas a mujeres, desesperadas o no y, en la otra, el “bromántico” típicamente masculino, que no precisamente viril.
Y en este garito se enjaula “Te quiero, tío”, un filme con un argumento que, de puro tontaina y absurdo (línea “Novia por contrato”), acaba por hacer gracia. Ojo al dato: un pardillo a punto de pasar por el altar (Paul Rudd y su eterna pinta de pringadete aseado) intenta echarse un amigote íntimo “padrinable” (Jason Segel en plan cavernícola domesticado) para no quedar en ridículo ante su hipersociable prometida. Una historia, como vemos, de lo más transgresora, aliñada por chistes de masturbaciones en la mesa familiar o mails de sexo geriátrico circulando por la ofi. La caña “hawksiana”, vamos. Aunque la auténtica clave radica en la réplica imaginaria al título del filme: “Yo también te aprecio, tronco. Firmado: Judd Apatow”.
jueves 4 de junio de 2009
"LOS MUNDOS DE CORALINE": 5 DE JUNIO DE 2009
“Los mundos de Coraline”
Magia cosida a los ojos
**** (cuatro)
Director: Henry Selick.
Voces originales: Dakota Fanning, Teri Hatcher.
Género: Terror.
Duración: 100 minutos.
Nacionalidad: EE.UU., 2009.
Como el ratón voraz de “El cuenco de cobre” (la película de marras justifica lo macabro de la comparación), la monserga 3D va encontrando la luz al final del túnel adiposo. Y lo hace con algo tan antiguo como ella misma: la artesanal animación “stop-motion”, la de los monigotes de trapo movidos suspiro a suspiro y las marionetas sin cuerdas. Tamaña empresa la ha llevado a cabo un “campeador” del género, Henry Selick, que mirando al cielo de Harryhausen ya perpetró dos obras maestras burtonianas como “Pesadilla antes de Navidad” y “James y el melocotón gigante”, aparte de una rareza de culto como “Monkeybone” y el genial garabato del hipocampo en “Life aquatic”. Y aquí se ha doctorado con otra pequeña gran maravilla que pone a secar a Kafka y Lewis Carroll bajo un arcoiris luminosamente negro mientras juegan con muñecos de finísimo vudú.
La historia, basada en el bestseller de Neil Gaiman, revisa magistralmente la eterna fábula escapatoria de una niña de vida gris hacia un mundo de color envenenado donde los sueños, pesadillas son. Pese a algunas ralentizaciones y “gripados” de motor muy puntuales, la calidad técnica es fascinante, con escenas impresionantes como la bruja-araña en su red binaria, el teatro de los perros-murciélagos o los jardines hechizados. Evidentemente, no estamos ante un producto infantil sino adulto, en el mejor sentido de la palabra, dentro de un año (otro más) memorable para el “cartoon”. Hasta las gafitas 3D no parecen tan “perestroikas” como en otras ocasiones. “Sweet, Coraline”.
Magia cosida a los ojos
**** (cuatro)
Director: Henry Selick.
Voces originales: Dakota Fanning, Teri Hatcher.
Género: Terror.
Duración: 100 minutos.
Nacionalidad: EE.UU., 2009.
Como el ratón voraz de “El cuenco de cobre” (la película de marras justifica lo macabro de la comparación), la monserga 3D va encontrando la luz al final del túnel adiposo. Y lo hace con algo tan antiguo como ella misma: la artesanal animación “stop-motion”, la de los monigotes de trapo movidos suspiro a suspiro y las marionetas sin cuerdas. Tamaña empresa la ha llevado a cabo un “campeador” del género, Henry Selick, que mirando al cielo de Harryhausen ya perpetró dos obras maestras burtonianas como “Pesadilla antes de Navidad” y “James y el melocotón gigante”, aparte de una rareza de culto como “Monkeybone” y el genial garabato del hipocampo en “Life aquatic”. Y aquí se ha doctorado con otra pequeña gran maravilla que pone a secar a Kafka y Lewis Carroll bajo un arcoiris luminosamente negro mientras juegan con muñecos de finísimo vudú.
La historia, basada en el bestseller de Neil Gaiman, revisa magistralmente la eterna fábula escapatoria de una niña de vida gris hacia un mundo de color envenenado donde los sueños, pesadillas son. Pese a algunas ralentizaciones y “gripados” de motor muy puntuales, la calidad técnica es fascinante, con escenas impresionantes como la bruja-araña en su red binaria, el teatro de los perros-murciélagos o los jardines hechizados. Evidentemente, no estamos ante un producto infantil sino adulto, en el mejor sentido de la palabra, dentro de un año (otro más) memorable para el “cartoon”. Hasta las gafitas 3D no parecen tan “perestroikas” como en otras ocasiones. “Sweet, Coraline”.
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